domingo, 23 de febrero de 2014

El hombre sin Dios no tiene futuro

Con una mirada retrospectiva a la segunda mitad del pasado milenio y dispensándonos de las oportunas precisiones que un estudio histórico serio requeriría, pero que no es el que pretendemos con estas reflexiones, podemos observar que desde finales del siglo XV, recién salidos de la Edad Media, se empieza a incubar una verdadera revolución ideológica, en clara ruptura con los principios mentales del Medievo, con la bandera de la Modernidad enarbolada siempre como expresión de la conquista del hombre, aunque en cada momento adoptara diversos matices: la autonomía de la razón, la libertad como supremo valor, la lucha de clases como motor de la historia o la llegada del superhombre como ideal del ser humano.
Desde mi punto de vista, y sin detenernos en muchos detalles, todo esto tiene un comienzo y unas consecuencias: el comienzo lo formuló Lutero con su conocido «libre examen» y las consecuencias las tenemos recientes con el que posiblemente ha sido el siglo más sangriento de la historia: el pasado siglo XX.
La doctrina luterana del «libre examen», abrevada en las fuentes de la filosofía de Guillermo de Ockam y llevada al terreno político por las teorías de Maquiavelo, introduce el subjetivismo como criterio de lo que es verdadero y bueno. Esta nueva cultura quedará consagrada como pensamiento intelectual con la Ilustración del siglo XVIII y como práctica política con la Revolución francesa.
Respecto a las consecuencias son conocidas por todos: ¿Quién no ha oído hablar de los campos de trabajo de la época comunista y de los campos de concentración nazis? Con una particularidad, que no todos quieren reconocer: lo que empezó, a finales del S. XV, con cantos entusiastas al poder de la razón y la libertad ha terminado, en el S. XX, negando la capacidad de la primera para conocer la verdad y la represión de la segunda como elemento peligroso para los que en cada momento ostentan el poder.
Junto a tanto desastre solo una voz ha intentado dejarse oír, no obstante las limitaciones de las personas e instituciones: la voz del pensamiento cristiano, representado y promovido principalmente por la Iglesia católica. Una Iglesia que ha sido zarandeada, marginada, acusada de oscurantista, perseguida, condenada por los defensores de la razón y de la libertad, pero que se negaban a reconocérselas a quienes se decían y pensaban como cristianos.
No es mi intención hacer, con estas reflexiones, una película de buenos y malos: ¡Todos hemos cometido y cometemos errores! Pero hay dos diferencias que me parecen importantes: los cristianos sabemos que uno de los principios fundamentales de nuestra fe es pedir perdón y perdonar y, además, conocemos que el primero que abordó esa cuestión fue Jesús cuando nos dejó muy claro el criterio de la distinción entre «lo que es del César» y «lo que es de Dios», que no es antagonismo ni reduccionismo, sino complementariedad integral. Lo uno no es enemigo de lo otro, sino compañeros de viaje. ¡Qué incierto es el futuro de quien prefiere caminar solo!
FRANCISCO RUBIO MIRALLES | PÁRROCO DE ZARANDONA
Fuente: La Verdad de España

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